Hoy, porque hoy es eterno, arranca el Festival, ustedes y nosotros, todos los que tenemos la manía de vivir por los ojos, de soñar, de sentir frío o calor, valor o esperanza con imágenes en movimiento, así, después de varias décadas entrenando en cine-clubes.

¿Recuerdan? —y esto va para mi madre y mi abuela—, la vez que fuimos a cine, en mi caso por primera vez, yo no sabía en ese entonces que el cine sería un amor para toda la vida, que muchos años después, allá en el auditorio de la Facultad de Artes conocería mil sentimientos, conocería a alguien para amar, a amigos eternos, sin duda que a usted le conocí allá, a Shinya Tsukamoto, a un ruso que puso en imágenes la zona, aún puedo ver a Masao correr y si me atragantan mil emociones, vi a Roy Batty confesar su condición replicante, Choi Min Sik me dejó sin aliento interpretando a Oh Dae Su, experimenté el sacrificio desmedido de Madame Souza buscando a su nieto Champion con ayuda de tres mágicas damas y un perro llamado Bruno; claro que recuerdo al señor Kon, a Miike, a Miyasaki y Sekiguchi, a Takahata y a los dos Toriyama, a Herzog, Mayolo y Ospina, Mendoza y Guerra, toda la vida querré ver y repetir los documentales de Marker, toda la vida seguiré amando a Sean Young, a Claudia Cardinal y a Monica Bellucci, ustedes también habrán conocido a alguien para amar. Aquí y ahora, y haciendo cada una de las versiones, la uno-dos-tres- cuatro- y hasta el día de hoy, veintiuno de octubre, hoy nuevamente empieza el evento, la fiesta del cine, del cine corto en Popayán.

En un momento, y durante toda la semana, cada una de las personas que ocupe las sillas de este hermoso recinto, hará un viaje, una Colombia maravillosa nos espera, nos quiere sorprender, nos hará daño y rápidamente nos dirá que no debemos temer, que podemos continuar firmes y luchar por algo inmarcesible que nos constituye. Al terminar cada una de las escalas de ficción, animación, documental y lo que hacemos en este territorio caucano, a veces temprano, a veces tarde, a eso de las nueve y media, cada noche, quizá salgamos tensos, un poco tensos, todavía bajo los efectos del sopor, del somnífero ensueño contemplativo de vivir por medio de una pantalla. Pese a la cómoda silla dolerán un poquito el cuello, la espalda y las piernas, las piernas suelen dormir más que uno mismo, a veces aletargadas, a veces cansadas por las enormes distancias que hay entre las montañas, las ciudades, las casas, las vidas que nos regala el cine, a veces vivimos al ritmo trepidante de una película con mucha acción, cada quien valorará qué tipo de acción, o no, será algo leve, probablemente algo moderado, a veces demasiado serio e incluso y en exceso, sensato.

A las nueve y cuarenta y nueve, al fin, despertaremos por completo —hay gente que despierta antes y se retira en silencio—, al ver y es- cuchar a los realizadores, productores o los bellos rostros de quienes hacen esos sueños en video, y solo después, una a una cada una de las almas que nos habitan, decidirán qué es real y qué no lo es, qué realidad queremos vivir, retorna- remos, abriremos por completo los ojos y notaremos que alrededor en la enorme sala repleta de sillas, los durmientes, ahora con sueños no tan propios, abandonarán el gran recinto del kinesueño, no sin antes haber aplaudido a cada uno de los cortometrajes, créanme, si fue- ra un cortometraje estaría orgulloso de mis creadores, del espacio y tiempo que se toman para verme, hablar de mí, criticarme y quizá usarme como excusa para hablar de otra cosa, quizá una mención o un premio, sí, si fuera un cortometraje estaría orgulloso de existir.

José Rodrigo Orozco Papamija